
Cara y cruz
Contraste y paradoja son el latiguillo de mi conciencia. El domingo entraba en una iglesia de Marbella y un pobre con una pinta regular se dirigió a mí casi gritando, muerto de risa: “Peaso de camiseta que ta esháo, colega”. Yo llevaba un atuendo medio playero, de color azul, con unas letras rojas y amarillas en la parte delantera que decían: “¿Por qué no te callas?”, recordando la frase más famosa del rey desde el 23-F a nuestros días. Al salir de
Hay un poema de un autor cubano que se titula “Felices los normales”, que termina vapuleando a esa gran mayoría de clones corrientes y anodinos, para que “den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen, los más borrachos que sus padres y más delincuentes que sus hijos y más devorados por amores calcinantes”. Curiosa paradoja: aquellos que tienen las llaves de lo desconocido, la fama, el dinero y a veces hasta la belleza, son habitualmente unos desgraciados, quizá porque no son de este mundo. Sin embargo, los normales, y hasta algunos pobres que piden dinero en las puertas de las iglesias, son a menudo mucho más felices, y se permiten el lujo de ir por la vida riéndose de todo y de todos, incluso en tiempos difíciles. No se puede elegir ser genio o normal, pero sí se puede luchar por vivir sin necesitar muchas cosas, materiales o emocionales, y evitar así una dependencia que es un lastre.